El pasado sábado prometía ser un día divertido. Llevábamos meses sin tener un día sin planes y sin descansar de mil temas pendientes y, teniendo en cuenta que yo había pasado una semana bastante regular, organizamos un día de compras y cine.

Pero cuando estábamos montados en el coche, camino del centro comercial y bastante lejos de casa, el día se torció. Fui a echar mano del móvil para mirar algo y me di cuenta de que lo había dejado en casa. Tuve esa sensación de pánico que tenemos todos, quien más quien menos, de estar «desconectada» durante un día completo y noté que me faltaba la respiración. Sí, soy una adicta y lo asumo. Pero no es de eso de lo que os quería hablar.

Una vez superada la fase de pánico inicial, y pensando que quizás un día sin redes sociales tampoco fuera tan mala idea, empecé a darme cuenta de hasta qué punto vuelco (volcamos) toda nuestra memoria en el aparatito en cuestión.

Uno de los planes iniciales para hacer ese día era ir a Ikea. Pero claro, yo tenía la lista de las cosas que teníamos que comprar en una nota del móvil y sólo recordaba, de las tres cosas que sabía seguro que tenía que comprar, las servilletas. Las otras dos permanecieron en el limbo, de modo que solo para comprar servilletas no íbamos a entrar. Primer plan descartado.

También quería entrar en una perfumería a comprar un producto para el cabello. Fue un producto de estos que dan como muestra en estas cajitas de belleza que ahora se han puesto tan de moda y me encantó el efecto que dejó en mis rizos, de modo que decidí ver cuánto costaba y si no era demasiado caro, comprármelo. Así que antes de salir de casa le hice una foto al nombre para no olvidarlo. Y la foto, evidentemente, estaba en el móvil. Segundo plan que se me iba al garete.

La cosa empezaba a complicarse pero no era el fin del mundo. No aún.

Desde casa habíamos sacado las entradas para ir al cine, pero afortunadamente estaban en el móvil de mi marido, porque si no, tampoco hubiéramos podido ver la película. Lo que sí estaba en mi móvil era un correo para recoger un regalillo que me habían hecho los de esos cines y que aún no había tenido tiempo de recoger. Tendría que ser en otra ocasión.

Fuimos a comer a una famosa cadena de hamburguesas y la experiencia fue terrible. No nos llegaron a servir la comida y tuvimos que salir de allí tras casi una hora esperándola. Como no llevaba móvil, no pude tuitear mi indignación. Eso sí, rebotados de allí, terminamos en un Taco Bell y me faltó llorar cuando probé su quesadilla de carnitas. Algo bueno tenía que tener el día.

Tuve todo el día la sensación de que, donde antes estaba la memoria, ahora está el móvil. Me sentí muy absurda y muy tonta dependiendo tanto de un aparato para hacer mi vida y me dio un poco de lástima no poder disfrutar del día en la medida en que me apetecía por un error tan básico.

Pero pese a todo, he concluido que la siguiente vez tengo que olvidarme del móvil intencionadamente. Ejercitar la memoria y no pensar tanto en las redes sociales y el whatsapp tiene que ser bastante liberador.

Aunque de momento no me han quedado muchas ganas de intentarlo.

foto: Ecologismos